Hace años que vivo entre dos mundos. Uno tiene barro, fierro, equipos de centrifugado que
separan sólidos a 3.200 RPM, y turnos de 14 días en tráilers en medio del desierto patagónico.
El otro tiene compiladores, terminales, y líneas de código que se convierten en herramientas
que resuelven problemas que nadie más se tomó el trabajo de resolver.
Aprendí a programar porque necesitaba cosas que no existían.
Una app para calcular densificado en el pozo. Un software de presupuesto para steel frame
que funcione con perfiles argentinos. Un sistema de gestión ISO para las mismas empresas
donde opero centrífugas. Cada proyecto empezó con la misma frase:
"Esto no existe. Bueno, lo hago yo."
Me estoy construyendo mi propia casa. Con steel frame. Con el software que yo mismo escribí
en Rust para diseñar los paneles. Suena a locura, pero para mí es lo más lógico del mundo:
si necesitás la herramienta y no existe, la construís. Si necesitás la casa y sabés construirla,
la construís.
Todo lo que hago tiene el mismo hilo: convertir fricción en solución.
En el campo, en el código, en la vida. Soy técnico químico de formación,
y no puedo ver un problema sin querer resolverlo.